“Leo desde un lugar hedonista y un poco irresponsable”

Entrevista a Flavio Lo Presti

A partir de la publicación de Yo escribo mucho peor, donde el cordobés Flavio Lo Presti reúne sus columnas en La voz del interior, 3l crítico queda sometido a nuevas exigencias: entre topes al número de caracteres, debe pensar en un público amplio, en una relativa claridad expresiva, y estar atento al ritmo caluroso de la actualidad. En esta entrevista con Revista Deúltima, Lo Presti dirá que no hace crítica literaria. Sin embargo, sus textos son centrales en el armado de la cartografía literaria actual en Argentina.

Por Federico Cano

En su reciente Los infames, el crítico Maximiliano Crespi hace una fina observación sobre la figura intelectual de Beatriz Sarlo, afirmando que “para la autora de Una modernidad periférica, la teoría es -y ha sido siempre- una herramienta de trabajo más que un horizonte de legitimación”. Como el detenimiento de una imagen en el recuerdo, la reflexión moldeada con los garrotazos simbólicos de Benajmin, Adorno, Barthes, Foucault, Deleuze o Derrida permite que sucesos de la vida social o cultural sean puestos bajo la lupa retardaria de la teoría literaria. La realidad como texto se plaga de personajes, escenarios y tramas, la experiencia como lectura se asimila en sus significados.

El mismo gesto de la autora de Borges, un escritor en las orillas como del “Conmigo no Barone”, pero acobijado en una trama ideológica diferente o directamente opuesta, reverbera en algunos de los más destacados críticos de la actualidad. Es el caso de Flavio Lo Presti, pero quizás también lo sean los de Juan Terranova, Nicolás Mavrakis o Mauro Libertella. O más allá: los casos de Martín Kohan, Daniel Link, Rodrigo Fresán o Alan Pauls. ¿No resuenan allí los textos del último Viñas en sus contratapas tremendamente politizadas en Página 12, aunque desdeñaba a los “españolcitos” que escribían en el diario fundado por Lanata y Verbistky? Los casos son variadísimos y poco asimilables, pero comparten una pulsión de escritura donde el discurso de la crítica literaria parece exponerse a los ritmos de una realidad que siempre va mucho más rápido que ella.

El crítico queda sometido a nuevas exigencias: entre topes al número de caracteres, debe pensar en un público amplio, en una relativa claridad expresiva, y estar atento al ritmo caluroso de la actualidad. Luego de la masacre del choque del tren en Once, Claudia Piñeiro titulaba un artículo que debía ser literario “A quién le puede importar hoy la literatura” (http://www.diarioregistrado.com/cultura/58056-a-quien-le-puede-importar-hoy-la-literatura.html). El discurso literario intenta procesar una realidad que la excede y cometer un absurdo, inminentemente político: someter lo real a un régimen de verosimilitd. Explorando una veta banal de este ritmo escriturario, Flavio Lo Presti parece abocado a escribir una microhistoria de un sector de la aluvional clase media argentina, y su último libro, Yo escribo mucho peor (Llantodemudo), a modo de un anecdotario fragmentario, se enfrasca en la imposibilidad de escribir una novela sobre lo cotidiano, en la plena incapacidad de asimilar el conjunto de sus tensiones. Estas fragmentaciones, este gesto de rondar el núcleo inefable de día a día, hace que Lo Presti quede revestido por ese enorme abanico que abre la literatura de Manuel Puig, en su dicción secretista del chisme.

Yo escribo mucho puede ser leído como una novela, pero tampoco lo es

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Gentileza: Flavio Lo Presti

estrictamente. Su materia prima son, en su gran mayoría, las columnas del escritor en Ciudad Equis, suplemento cultural del diario más vendido de Córdoba, La voz del interior. ¿Artículos de opinión, crónicas, reseñas, diario de lectura, periodismo, ensayos? De todo eso un poco, pero a la vez nada de cada uno. Una de las incipientes discusiones sobre la escritura de Lo Presti es en torno a su adscripción genérica. La potencia de su escritura coincide con una crítica que está sistemáticamente exponiendo el carácter imaginario de toda mediación literaria -o más allá, cultural-, la fábula del histeria cotidiana, absurda, pero que traza una picaresca sin estructura, un bildungromans sin recorrido. Pero de nuevo, tironeada por la actualidad, los lectores, su publicación circunstancial.

En una fantasía sin tantas ataduras y mediaciones, escribe, entonces, un amable Flavio Lo Presti en su introducción a su Yo escribo mucho peor:

 

Siempre he tenido la fantasía de escribirle directamente a quien me lee, como Calvino en Si una noche de invierno un viajero, como John Barth en mi libro favorito. Mi talento alcanza para una sola frase, apenas cinco palabras: que lo disfrutes, querido lector.

 

¿No es acaso este libro heterodoxo, legible, divertido y bellamente construido justamente la necesidad de acabar con tanta homogeneidad? Es lo que le reclama el propio Lo Presti a varios de los autores de su generación, que siempre parecen estar yendo a lo seguro, en una tibia moral de “consensos”, como titula su lectura de Selva Almada. No es lo suyo. En ese mismo texto, el cordobés da algunas de sus definiciones, por ejemplo, en un diálogo sobre Almada con una amiga. El crítico consulta a otros críticos, charla y expone su incertidumbre. Escribe: “Tampoco nadie me había prometido más, y ya tengo internalizada una consigna: si no entiendo el presente, puede haber un componente de resentimiento que tengo que canalizar”. La inestabilidad de sus definiciones hace emerger uno de los sustentos más nobles del libro: la vida en sociedad construye nuestra imaginación. Así, la crítica sobre El viento que arrasa de Selva Almada termina en una reflexión sobre cómo cambian las opiniones de las personas al dialogar entre sí.

La deriva es una premisa estilística de Lo Presti, pero también un nexo con esa verdad a la que nunca se alcanza y de la que se exponen sus mecanismos de construcción. Por eso también Yo escribo… es un libro de crítica literaria. ¿Sus temas? El entramado elitista del mundo editorial y los fracasos del escritor (“¿Sueñan los inéditos con editores digitales?”, “No es para vos”), el mundillo literario porteño desde la mirada bárbara del hombre del interior (“Números”), los best-sellers (“Keep Calm”, “Papilla global”), la paternidad (“Elige tu propia aventura”), los consumos culturales (“JR y la bachata”), las redes sociales, el fútbol, la familia, la docencia en nivel medio, la revuelta policial en Córdoba, y un largo etcétera. Queda en manos del “querido lector” la incorporación amable a los canales de identificación que florecen de este texto abierto.

Flavio Lo Presti (Córdoba, 1977) es profesor en Letras Modernas , narrador, cronista y, sobre todo, periodista cultural. Sus artículos aparecieron en Ñ, Deodoro, Replicante, entre otros, pero encontró su espacio, como se dijo, en La voz del interior. La recopilación de estos artículos ya había parido un libro, Recuerdos de Córdoba, publicado por China Editora en 2013, al que ahora viene a sumarse Yo escribo mucho peor. Crítico temido, sin concesiones, ácido e irónico, el cordobés tragicómico, paranoico e hincha de Newell’s, propone estos textos que escarban entre lo que las personas son y lo que hacen con su cultura mientras exige nuevos protocolos de lectura para un tiempo signado por la velocidad.

DÚ: Uno de los primeros problemas que suscita Yo escribo mucho peor (pero también Recuerdos de Córdoba) es el de su adscripción genérica. ¿Desde dónde pensás vos tu propia escritura?

FLP: Es un momento raro, porque “mi escritura” (me suena inconcebiblemente exagerado hablar de “mi escritura”) está cambiando: durante muchos años mi única escritura estuvo relacionada con la crítica y los artículos periodísticos, pero ahora estoy escribiendo otro tipos de textos que, aunque también están atravesados por lo que la crítica llama autoficción, están más cerca de géneros “tradicionales” como el cuento y la novela(las comillas indican que, excepto ingenuidades alevosas, nadie escribe en esos géneros dentro de la ortodoxia imaginaria que le saca el sueño a los críticos y editores vanguardistas). No sé qué es mi escritura, en tal caso. Ahora estoy encaminado a realizar lo que deseaba cuando empecé a escribir. Las crónicas de los dos libros (mis columnas en Ciudad Equis, el suplemento de cultura de La voz del interior) me salen aparentemente bien, y alguien ha sugerido que no puedo hacer algo mejor que eso. Supongo que en esos vaivenes que amenazan con ser productivos pienso mi propia escritura.

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Gentileza: Flavio Lo Presti

¿Reconocés tus textos dentro de la crítica literaria o la crítica es más bien una herramienta para comprender una realidad que está más allá de la literatura?

Yo no hago crítica literaria y nunca la hice. Pienso la crítica como las lecturas concretas que surgen en el marco de un pensamiento fuerte y general sobre la literatura, algo de lo que yo carezco. He escrito comentarios de libros haciendo abuso de algunas habilidades retóricas para hacer reír y para injuriar, y también para elogiar simulando distancia, pero no soy un crítico. Leo desde un lugar hedonista y un poco irresponsable: las cosas me gustan, no me gustan, soy capaz de inventarme razones apenas sofisticadas para los dos resultados, pero eso no es ser crítico. Lean la etimología de crítica (yo la leí en Wikipedia, no me voy a hacer el exquisito) y van a ver lo lejos que están las expectativas de la cultura con respecto a la crítica de lo que hacemos los reseñistas de periódicos.

Con respecto a los textos publicados en libros, nada más lejos. Son ejercicios de autoficción, en los que se cuelan simulaciones de intereses que se rozan con lo que imaginamos que es la crítica.

Parecen interesarte una gran cantidad de temas. ¿Qué criterios de recorte utilizás para escribir sobre algunos temas y descartar otros?

El criterio principal es la urgencia. La versatilidad que requiere escribir todos los meses un texto autobiográfico de 1400 palabras que sea interesante, ligeramente cómico y tenga un remate obliga a echar mano de lo que sea. A veces pienso en Homero: Los dioses tejen las desgracias de los hombres para que los poetas las canten. Pero en mi caso, yo soy el insignificante Dios que teje sus propias desgracias, y también el único Aeda.

Después los criterios son evidentes. Por el lado de las restricciones, evitar la autoglorificación, el cancherismo, el autobombo (más bien todo lo contrario: exagerar la derrota). Por el lado de las positivas, que los temas tengan que ver con el difuso mundo de la cultura, que los episodios tengan un remate, que sean potencialmente cómicos.

Yo escribo… puede ser leído como una novela. ¿Lo reconocés en alguna tradición? ¿Qué pasa con esta proliferación de variadas y heterodoxas “literaturas de yo”, desde el éxito de Karl Ove Knausgård o Emmanuel Carrère a Mauro Libertella o Luis Mey?

En realidad Recuerdos de Córdoba está armado como una novela, ex profeso. Yo escribo mucho peor es más parecido a Los viernes, de Juan Forn. Los dos libros salen del mismo espacio (la columna mensual en la Equis) pero los textos del primero eran más largos, y a veces eran continuados a lo largo de varias columnas, porque el suplemento era distinto en ese tiempo (revista mensual, textos más largos). Como contaban episodios del pasado, pude reorganizarlos en una especie de linealidad biográfica y rematarlos con un epílogo que los cerraba como una novelita. En el caso de Yo escribo mucho peor, la agrupación de los textos es temática.

Con respecto a las literaturas del yo, supongo que siento cercana una idea de Fernando Vallejo (de quien casi no leí nada y además me cae bastante antipático): es difícil escribir desde fuera de la primera persona, nadie nos cree nada cuando no los narradores no somos nosotros mismos. Es una idea refutada por un montón de textos, pero hay algo en el mecanismo de la ficción (esto incluye a la ficción en primera también: esas mujeres que escriben como si fueran publicistas cocainómanos, o esos hombres que escriben como mujeres embarazadas) que a mí como lector me cuesta cada vez más. Uno puede sacarse el sombrero frente a la ambición de un autor de dar cuenta de algo que esté fuera de sí mismo, pero a mí me cuesta muchísimo creerle. Como explicación de una supuesta tendencia es un poco débil.

Pero doy un ejemplo: estoy leyendo la última novela de McEwan, La ley del menor, y si bien me interesa lo que leo, me cuesta darle el estatus de interés que le doy a un libro como El adversario, de Carrère. Es algo que parece alivianarse con el humor, pero de nuevo: entramos en un terreno de imprecisiones pantanosas que requerirían un crítico literario de verdad.

Quizás lo que está pasando verdaderamente es que mientras la no ficción se beneficia de la garantía de interés que significa “la realidad”, y eso hace que le perdonemos sus torpezas, la ficción torpe y aburrida que leemos no tiene ninguna red. Con respecto a eso, siempre he pensado que como contemporáneos estamos obligados a leer cosas que (más allá de las modas, los berretines y los caprichos del presente) pueden no valer nada, y que tenemos pocas herramientas para sostener el juicio negativo que nos provoca esa posible catarata de errores.

Parece figurarse un incipiente boom de la literatura escrita por cordobeses: Carlos Godoy, Hernán Lanvers, Federico Falco, Hernán Arias, Luciano Lamberti… vos mismo. ¿Qué pasa con los escritores cordobeses? ¿Interés editorial, federalización de la palabra o condiciones para un auge creativo?

Es la primera vez que me pongo a pensar seriamente en esto y todo lo que voy a decir es probablemente incorrecto y una fantasía indefendible, pero es más o menos lo que veo. Por un lado, en Córdoba, desde la década de noventa (fue muy importante un fondo municipal de estímulo a la actividad editorial para esto) circularon autores de narrativa que levantaron el nivel de lo que se hacía y, de hecho, generaron un horizonte que no existía: Antonio Oviedo (que había dirigido la revista Escrita y colaboró en algún número de Literal) nucleó a su alrededor a gente que terminó armando el proyecto de la revista El banquete y que publicó libros muy valiosos, sorprendentes, inesperados: Carlos Schilling, Andrés Dapuez, Diego Tatián. Por otro lado, en Córdoba se instaló un modelo de negocios raro de editoriales medianas como Alción, El emporio, Narvaja, que ayudaron a darle salida (mucho antes de la explosión nacional de las editoriales independientes) a estas producciones. Hubo además un fenómeno que alió la sensibilidad femenina a la novela romántica con la tendencia del cordobés a la relectura de la historia y produjo un boom de la novela histórica romántica, con autoras como Cristina Bajo y Reyna Carranza (no en vano la más importante de las escritoras del género a nivel nacional- más allá de la calidad de su prosa- es cordobesa). Finalmente, la lectura de los cuentistas norteamericanos relacionados (y no tanto) con el realismo sucio generó (vía los talleres de cuentistas destacadas como Lilia Lardone y María Teresa Andruetto) una zona de imitación bien llevada de esa estética a producciones que tienen su máxima expresión (una expresión completamente autónoma y nada mimética) en la obra de Sergio Gaiteri (finalista de los premios Clarín y Emecé y autor de una obra compuesta de decenas de cuentos extraordinarios). Creo que todo eso estimuló la aparición de autores jóvenes que se vieron envalentonados además por la web, el abaratamiento de los medios de publicación y el consabido traslado de los mecanismos de edición y difusión de la poesía a la narrativa después del 2001.

Creo que esto (posibilidades de publicación, un cuerpo de talleres sólidos y un pasado literario inmediato diverso y de calidad, aunque tampoco descartaría un esnobismo -bienvenido sea- que hace de la lectura una de las formas de la coolness) derivó en este presente, en donde podemos integrar la obra de autores como Arias, Falco, Godoy, Pablo Natale y Lamberti pero también las de Fabio Martínez, David Voloj, el mismo Gaiteri, la obra del más grande de los jóvenes como es el caso de Roberto Videla, y la de tantos otros que no me vienen a la cabeza en este momento en que mientras contesto, corto el pasto.

Inevitable. ¿Qué estás leyendo?

Estoy leyendo Cataratas de Hernán Vanoli, La ley del menor de Ian McEwan, Bailando con los osos de Fernando Krapp, La mujer de mi vida de Elvio Gandolfo, País de Diego Fernández Pais, El nervio óptico de María Gainza, Ana La niña austral de Esteban Prado, La novela luminosa de Mario Levrero, Los reconocimientos de William Gaddis, Un verano, de Damián Huergo y Los infames, de Maxi Crespi. Variado.

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