Ficcionando el horror

Por Martina Leunda

PUCCIO“El tiempo todo lo cura” anuncia un dicho que no entiende de atrocidades. ¿Quién puede decir que después de treinta años el tiempo ha curado algo? La mayoría de las veces lejos de curar, el tiempo cumple otro rol. En el peor de los casos suscita el olvido. Pero el terror colectivo no se olvida y la sociedad argentina es una prueba de ello.

Treinta años pasaron de aquel portón negro en la calle Martin y Omar al 500. El portón sigue ahí. La calle también. Pero estos treinta años, si bien no curaron, algo hicieron. Y no “algo habrán hecho”. Porque si algo hicieron estos treinta años fueron permitirnos no justificar la barbaridad.

En estos treinta años, todos, como argentinos, como participes o herederos de aquel “proceso”, podemos decir que después de una larga lucha, hemos adquirido derechos. Derechos que no nos lo dio el tiempo. Porque el tiempo, en este caso, no cura nada. Lo que hizo esta vez el tiempo fue naturalizarnos la memoria.

Que hoy, después de treinta años, personas que nacieron diez años después, pasen por ese portón negro en la calle Martín y Omar al 500 y tengan dimensión del horror.

Que  hoy, después de treinta años, ese horror se pueda convertir en una película, casi documental, o en una serie que, poco fiel a la realidad pero fiel a la memoria –porque es un derecho adquirido-, se limite únicamente a ficcionar ese horror.

Que hoy, después de treinta años, escuchemos al Arquímedes Puccio de Alejandro Awada decir “con tantos secuestros, uno más o uno menos nadie lo va a notar”, y lejos de escandalizarnos –como quizás uno se escandalizó cuando se dio a conocer lo que ocurría detrás de aquel portón- vivamos en carne propia esa naturalización de la memoria.

No se trata de haber vivido ese momento. No se trata de haber sido testigo de las monstruosidades que llevaron a cabo tanto militares como civiles –como Arquímedes y su Clan-. Se trata de, teniendo la edad que se tenga, poder ver el horror ficcionado y nunca olvidarse de que ese horror fue, es y será real.

Cuando se emitió en Argentina el programa sobre Pablo Escobar “El patrón del Mal” hubo personas que, al no tener naturalizada esa memoria de una época terrible para los colombianos, confundieron esa ficción del horror con una pobre “apología de la droga”.  Está claro que ningún colombiano que recuerde aquellos años –y menos los familiares de las victimas de Escobar, quienes participaron de la realización de la serie- permita jamás que se realice una apología de la droga.

Después de treinta años, y con toda el agua que pasó bajo el puente –militares condenados a cadena perpetua, la ex ESMA y sus visitas guiadas, la bajada de los cuadros, y yendo más hacia atrás el repudio colectivo por ejemplo al programa Hora Clave de Mariano Grondona con Miguel Etchecolatz y Alfredo Bravo sentados a la misma mesa como dos iguales-, ¿qué víctima, qué familiar, qué adolescente que estudia en la escuela la dictadura, qué miembro de esta sociedad permitiría una pobre “apología de la tortura”?

Treinta años después, la ficción del horror es un gran síntoma de que –no el tiempo, porque el tiempo no cura nada- nuestro pueblo ha conseguido, colectivamente, la naturalización de la memoria, y eso a su vez, es un gran síntoma de que algunas cosas, no todas, se han reparado.

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