“Si fuera solo contarte algo que me pasó, nos juntamos en un bar y lo liquidamos más rápido”

Entrevista con Mauro LIbertella

Mauro Libertella, escritor y periodista cultural, acaba de editar su segunda novela, El invierno con mi generación, en la que narra las aventuras de un grupo de amigos de la pequeño burguesía porteña en la transición del siglo XX al siglo XXI. Narrador o novelista, difícil de definir, este texto de Libertella -que se encadena también a su novela anterior, Mi libro enterrado– en que se escribe desde la cercanía, casi miope, entre experiencia y escritura, en un movimiento entre dialéctico y pendular, una dando sentido a la otra.

Por Federico Cano

En el complejo ensayo “El narrador” Walter Benjamin, para diferenciar al narrador del novelista, escribía:

El narrador toma lo que narra de la experiencia; la suya propia o la transmitida. Y la torna en experiencias de aquellos que escuchan su historia. El novelista, por su parte, se ha segregado. La cámara de nacimiento de la novela es el individuo en su soledad; es incapaz de hablar de forma ejemplar sobre sus aspiraciones más importantes; él mismo está desasistido de consejo e imposibilidad de darlo.

Tomando los parámetros bejaminianos, es difícil ubicar en una u otra categoría los textos de Mauro Libertella (Buenos Aires, 1983). Por ahora son dos novelas: Mi libro enterrado, de 2014, tomada con entusiasmo por la crítica y sus colegas escritores, y El invierno con mi generación, que acaba de publicarse. Es difícil porque en la cercanía, casi miope, donde se codean experiencia y escritura, Libertella pone en juego una trama en la que vida y obra se entrecruzan sistemáticamente, en un movimiento entre dialéctico y pendular, una dando sentido a la otra.

Claro, es un novelista, qué dudas caben. Sin embargo, sus argumentos tienen como materia prima una biografía indisoluble, donde un otro siempre pasa y deja un huella que se extenderá sobre la escritura. Esto es, la experiencia. La suya o la transmitida.

Pero es acá donde la formulación de Benjamin se cumple, ineludible. Como novelista, Libertella se segrega, escribe desde la soledad. Un padre que ha muerto; un grupo de amigos que se disolvió. Es incapaz, esta escritura, de hablar desde la ejemplaridad. Sólo puede hacerlo desde una experiencia íntima.

Experiencia sí, pero nada ejemplificador, nada aconsejable. Al pulso de la escritura de Mauro Libertella lo marca una necesidad imperiosa de amplificar la caja de resonancia del susurro de un dolor o una melancolía que parecía condenada al llanto solitario. La búsqueda, acaso, de expandir los sentidos de aquellos sentimientos intransferibles. Época individualista, la trascendencia habilitada por una literatura realista, del yo, devela que detrás de todo sentir íntimo se desenvuelve la posibilidad de una comunicación muda, garantizada por los canales piadosos de la identificación: autor-obra-lector.

Gentileza: Mauro Libertella

Gentileza: Mauro Libertella

DÚ: Como en Mi libro enterrado, con El invierno de mi generación volvés a la trama autobiográfica. ¿Cuáles son las potencias -o limitaciones- de este género?

ML: La base autobiográfica me sirve ante todo como primer disparador: ¿sobre qué escribo? Lo que tengo ahí adelante, lo más verdadero, lo más caliente, lo más conflictivo, son las tres o cuatro cosas de mi vida. Las veces que empecé a escribir algo puramente “imaginativo” me salió algo muy artificial, muy literario, demasiado codificado. Por otro lado, trato de elegir escenas o anécdotas que signifiquen algo más, que en cierto modo condensen un tema: la amistad, la relación padres e hijos, el descubrimiento de las drogas, el lenguaje del rock, el duelo, lo que fuera. No importa la anécdota sola, aislada, de mi vida privada, si no remite a algo mayor, a un tópico en cierto modo universal. Si fuera solo contarte algo que me pasó, nos juntamos en un bar y lo liquidamos más rápido. Me da la impresión de que si lo que contás de tu vida es una escena narrativa que ilustra o despliega un tópico mayor, como el amor o la tristeza, por ejemplo, me parece que ahí la cosa empieza a funcionar.

Toda idealización, aquello que parece encajar perfecto en la matriz trascendente de la escritura, en Libertella siempre es ajeno y exterior: el escritor no se construye a sí mismo, a modo de una autobiografía ficcionalizada, sino que, mediante una paradójica literatura “del yo”, va moldeando esas presencias que marcaron como huellas la arena ardiente de una experiencia vacía.

Recogiendo esos pedazos Libertella arma textos breves, transparentes, melancólicos. Escribir sobre los otros que laten como fantasmas en nuestros recuerdos es un modo de observarse, de manera especular, frente al cierre de uno mismo. Bien podría definir a su segunda novela, Un invierno con mi generación, aquello que escribía Daniel Guebel en la contratapa de la primera: “Héctor Libertalla inventó la versión argentina de una tradición alquímica y se consumió en el atanor de sus palabras. Como la serpiente de Ouroboros, Mauro se enrosca en el pliegue y continúa con una delicada traición: el yo del otro más íntimo, como un cierre hermético”.

El yo del otro, apunta Guebel. La presencia del pronombre posesivo es indicativa: mi libro, mi generación. La escritura acaso sea el único modo de atrapar esa parte ineludible de uno mismo que son los otros, pero que nunca nos pertenece del todo, sino que brilla en ellos, inevitable, un aura enigmática.

DÚ: Si se tienen en cuenta los tiempos de la realidad, las temporalidades de las novelas eventualmente se superponen. Sin embargo, en la primera los amigos se borronean para tratar cierto núcleo familiar junto a los amigos de tu viejo, y en la segunda la familia parece haber desaparecido para liberar el anecdotario de una amistad. ¿Dónde se tocan y dónde se alejan tus novelas?

ML: Yo creo que El invierno con mi generación termina donde empieza Mi libro enterrado. Hay dos momentos temporales de la vida que encajan perfecto: El invierno va de los 16 a los 23 años, y Mi libro enterrado empieza cuando mi padre muere. Yo tenía 23 años. Pero eso no es todo. El invierno es, me parece, un texto sobre la inocencia, la juventud, la alegría de los amigos, los años irresponsables. Es por eso un texto más “gracioso” que el libro enterrado, de tono más ligero, menos trágico y menos dramático. Mi libro enterrado es el fin de esa juventud, y por eso también viene justo después.

El otro también es la herencia. La marca generacional de las dos novelas funciona como un polo identitario, la autodefinición está íntimamente ligado con las dependencias del pasado, los linajes. No necesariamente tiene una refracción en un lenguaje con poco de dialecto juvenil, apenas agazapado, que solo a veces se escapa de esta prosa despojada, pero no menos precisa, fina y sutil.

Si en Mi libro enterrado la herencia es una “fila de originales sin publicar, libros armados y puestos en un estante de la biblioteca una al lado del otro”, un “linaje desparramado en originales blancos”, en Un invierno con mi generación son figuradas no tanto desde la genealogía como desde los condicionamientos históricos e incluso en contacto con el desarrollo de los modos de producción. Aquí Libertella se codea con los de su generación. Donde el chileno Alejandro Zambra (que apunta en las dos contratapas, al igual que la argentina Rosario Bléfari) escribe: “Mi padre era un computador, mi madre una máquina de escribir. Yo era un cuaderno vacío y ahora soy un libro”, Libertella afirma: “Fuimos la última generación analógica. Las nuestras son postales del mundo tres o cuatro segundos antes de volverse digital. El primer celular que vi está asociado a un episodio violento”, para finalizar: “Quizás todas las generaciones ven el pasado así, en cámara lenta y con los colores de los monitores de su infancia”.

DÚ: ¿Qué rasgos te llaman la atención de esta generación en la que te plantás?

ML: Últimamente hay bastante debate respecto de cómo la literatura del siglo XXI incorpora y metaboliza los cambios tecnológicos de los últimos años y el modo en que la tecnología está transformado la manera en que nos comunicamos y nos relacionamos. No tengo demasiado que decir al respecto, en gran medida porque no tengo ni Facebook, ni Twitter, ni Whatsapp ni nada: deliberadamente me niego a asumir que el siglo XXI ha comenzado. Esa tensión personal en la que estoy metido, esa suerte de ancla que todavía me tiene clavado al siglo XX, me pareció que era interesante para definir a buena parte de nuestra generación, una generación en tránsito, que vivió un mundo analógico y que unos segundos después se tuvo que adaptar (algunos con alegría y naturalidad; otros de un modo más trabajoso y oponiendo alguna resistencia, como yo) a este nuevo mundo digital. Además, El invierno es también una novela de ritos de pasaje, de la adolescencia a la juventud, digamos. Ese pasaje tecnológico, entonces, fue para muchos de nosotros también un rito de pasaje, casi una nueva iniciación.

DÚ: La herencia y el linaje son una reflexión que marca tus textos, especialmente Mi libro enterrado. ¿Ubicás tus novelas en alguna tradición?

ML: No sabría decirte, creo que eso no lo puedo hacer yo. Lo más evidente sería ubicarlos en dos subgéneros muy conocidos: la literatura del duelo, el primero y la literatura de iniciación, el segundo. Podrías pensarlos también en la vertiente de la “autoficción”, como se le dice. Podrías también, si quisieras, ubicarlos en la tradición de lo postautónomo, pero ya estoy empezando a chamuyar, así que, con evidente prudencia, aquí me detengo.

DÚ: Inevitable. ¿Qué estás leyendo, qué escritores te están atrapando especialmente?

ML: Te menciono los libros que me gustaron especialmente en los últimos meses y que me acuerdo ahora, solo para incurrir en el viejo placer de la lista: Dos fantasías espaciales de Sergio Bizzio (Mansalva), De vidas ajenas de Emmanuel Carrere (Anagrama), Desfile de pascuas de Richar Yates (Emecé), Fallas de origen de Daniel Krauze (Planeta), El año del pensamiento mágico de Joan Didion (Random House), Mi juventud unida de Mariano Blatt (Mansalva), Stoner de John Williams (Baile del sol), Las muertas de Jorge Ibargüengoitia (Corregidor), Material rodante de Gonzalo Maier (Editorial minúscula).

Punto de inflexión, la Argentina comunitaria, de latencia más o menos revolucionaria, más o menos peronista, más o menos anárquica, pero siempre politizada, de la generación de su padre, es en la literatura de Mauro narrada, fin de lo analógico, como un mundo light, individualista, acaso aquel país del menemato que coreaba: “Por los niños pobres que tienen hambre. Por los niños ricos que tienen tristeza”. Libertella es de los segundos (“una experiencia encapsulada en barrios burgueses”), lo sabe y escribe:

El cambio de sede (de colegio) implicó un nuevo plan de estudios (…), pero fue también una nueva experiencia social; pasé de un colegio de clase media a uno de nuevos ricos. Los alumnos llegaban ahora en autos ostentosos y hacían alarde de sus viajes por el mundo y de sus pisos en torres de Belgrano, un barrio que en esos años se lleno de gente bendecida por la convertibilidad.

DÚ: A diferencia de otras narrativas de la memoria, que parecen haberse reactualizado extraordinariamente, en tus textos evitás hablar directamente del contexto político. ¿Cuál es tu relación con esas referencias solapadas?

ML: Las referencias están ahí, indudablemente, pero no son demasiadas, de modo de no saturar el texto o anclarlo demasiado en una coyuntura. Entiendo que si sobrecargás el texto con cualquier tipo de referencia (política, cultural, lo que fuera), lo arruinás. Pero puede ser que me equivoque. Por lo pronto, me parece que el grupo de amigos del libro se repliega sobre sí mismo también como un modo de protegerse ante un contexto de época que les resulta hostil. Ese es un modo de decir “el menemismo es malo” sin decir “el menemismo es malo”, que sería lamentable para el texto. Hay, me parece, una serie de pequeños combates sociales en el interior del colegio del libro: los protagonistas se visten lo más zaparrastrosos que pueden como una manera de enfatizar y remarcar la diferencia con los chetos, que son la caricatura más directa del menemismo (remeras de Planet Hollywood, etc.). Ellos sienten la necesidad de dejar bien en claro, de modo material y visible, que no son como los chetos de los noventa. Pero también van a recitales de rock en estadios grandes y ahí ven a las marginalidades crecientes de la época y aunque coqueteen por unos segundos en pertenecer a esos grupos, queda claro que tampoco son eso, que en relación a esos pibes que van a ver a los Redondos, ellos nacieron en cuna de oro. Ese lugar conflictivo, esa búsqueda tan difícil por encontrar un lugar a mitad de camino entre los marginales y los nuevos ricos, puede llegar a ser el centro político del libro.

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